Hay objetos que acompañan.
Y hay otros que marcan territorio.
El cenicero del Atelier nace de esa segunda intención.

Más grande que las piezas de Ma’alahi.
Más pesado.
Con más presencia.
No busca pasar desapercibido.
Su escala cambia la relación con el gesto.
Obliga a apoyar, a detenerse, a ordenar el espacio alrededor.

La madera es más dura.
Las vetas, más expresivas.
Cada pieza es distinta, incluso dentro de una misma serie.
El aro suma estructura.
El vidrio aporta profundidad y lectura del fuego.
Todo está pensado para resistir el uso real, cotidiano, compartido.
Este no es un cenicero liviano.
Es un objeto central.

Una pieza que no acompaña desde el costado,
sino que se planta en la mesa.
Desde el Atelier, la materia se trabaja con más tiempo,
más capas,
más decisión.
Porque cuando el ritual crece,
el objeto también.
