Hay un momento en el ritual donde nada sobra
y nada falta.
Las piezas dejan de ser objetos individuales
y empiezan a dialogar entre sí.
Cada forma encuentra su lugar.
Cada gesto, su tiempo.
El Kit Iguazú nace ahí.
No como un producto, sino como un sistema completo:
un recorrido pensado de principio a fin,
donde la madera, el fuego y la mano
entran en equilibrio.
Trabajado en madera noble,
cada encastre, cada curva y cada profundidad
responde a una decisión consciente.
No hay exceso ni ornamento.
Solo forma, peso y armonía.
El ritual no se improvisa:
se ordena.
Se vuelve claro.
Se vuelve propio.
Este es el punto donde todo se encuentra
y el gesto se vuelve completo.
Pero todo sistema,
cuando está vivo,
necesita un lugar donde habitar.
Eso se revela en el próximo capítulo.
